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POLITICA Y OPINION. Discutir no debe ser sinonimo de pelea...

6 Junio 2008

Fragmento de un libro, en el que habla de indios de la patagónia, dedicado a Domovilu.

Fragmento del libro “Tierra de murmullos” de Gerald Durell.

En los tiempos en que Darwin visitó esta región todavía quedaban restos de las tribus de indios patagones, empeñados en una inútil batalla contra su exterminio por parte de colonos y soldados. Se describía a estos indios como toscos e incivilizados y generalmente carentes de toda cualidad que les hiciera merecedores de un poco de caridad cristiana. Por lo tanto desaparecieron, como sucede con tantas especies animales cuando entran en contacto con las benéficas influencias de la civilización, y nadie, aparentemente, sintió su desaparición. En varios museos de distintos lugares de Argentina se ven unos pocos restos de su artesanía (lanzas, flechas, y demás) e, inevitablemente, un gran cuadro, bastante macabro, que trataba de reflejar el aspecto más desagradable del carácter de los indios, su lascivia. En todos esos cuadros aparece un grupo de indios, melenudos y salvajes, montando indómitos corceles haciendo cabriolas, mientras que el jefe del grupo estrecha inevitablemente, en su silla, a una mujer blanca vestida con ropas diáfanas y cuyo desarrollo pectoral daría que pensar a las actrices modernas de cine. En todos los museos el cuadro era casi igual, variando solo el número de indios y la expansión torácica de su víctima. Aunque esos cuadros eran fascinantes, lo que me sorprendía era que nunca había una obra similar que representara a un grupo de hombres blancos civilizados galopando con una voluptuosa muchacha india, y, sin embargo, esto había ocurrido con igual frecuencia —si no más— que el rapto de mujeres blancas. Este era un aspecto secundario de la historia, interesante y curioso.

De todas formas, esas ingeniosas, aunque mal pintadas, escenas de rapto tenían un rasgo interesante. Estaban destinadas claramente a dar la peor impresión posible de los indios, y, sin embargo, lo que conseguían era dar la impresión de un pueblo bravio y bello y llevarle a uno a lamentar que ya no existiera.

Así que cuando bajamos a la Patagonia busqué con avidez restos de esos indios, y pregunté a todo el mundo sobre ellos. Los relatos, desgraciadamente eran abundantes en exceso, y no me explicaban nada, pero en cuanto a los restos, resultó que no podía haber encontrado un sitio mejor que la metrópolis de los pingüinos.

Una tarde, al volver a la estancia* después de una ardua jornada filmando, cuando estábamos bebiendo mate * alrededor del fuego, le pregunté al Sr. Huichi —por medio de María— si había habido muchas tribus indias en aquella región. Hice mis preguntas con delicadeza, porque me habían dicho que Huichi tenía sangre india y no estaba seguro de si estaba orgulloso de ello o nc. El sonrió con su sonrisa lenta y suave y dijo que en sus estancias* y en los alrededores de ellas había una de las mayores concentraciones de indios de Patagonia; de hecho, continuó, el lugar donde vivían los pingüinos todavía conservaba evidencia de su existencia. Pregunté con avidez qué clase de evidencia, Huichi sonrió de nuevo, y poniéndose de pie desapareció en la oscuridad de su habitación. Le oí sacar una caja de debajo de la cama; volvió con ella en las manos y la colocó sobre la mesa. Quitó la tapa, volvió el contenido sobre el mantel blanco y yo me quedé boquiabierto.

Había visto, como he dicho, restos distintos en los museos, pero nada comparable a esto. Porque Huichi volcó
sobre la mesa un arco iris de objetos de piedra soberbios por su colorido y su belleza. Había puntas de flechas,
desde las delicadas y frágiles del tamaño de la uña del meñique hasta las que tenían el tamaño de un huevo.

Había cucharas hechas partiendo por la mitad grandes conchas marinas y limándolas cuidado-samente; había cacillos curvos de piedra para sacar los moluscos comestibles de sus conchas; había puntas de lanzas afiladas como cuchillas de afeitar; había bolas para las boleadoras*, redondas como bolas de billar, con un canalillo alrededor de sus ecuadores, por así decirlo, por donde iba la correa de la que colgaban; eran tan perfectas que apenas podía creerse que una precisión así pudiera lograrse sin una máquina. Luego estaban los artículos puramente decorativos: las conchas pulcramente agujereadas para pendientes, el collar hecho de una piedra verde, lechosa, parecida al jade, bellamente combinada, el hueso de foca cincelado y tallado en forma de cuchillo, que, evidentemente, era más ornamental que útil. Su dibujo consistía sim-plemente en unas series de líneas, pero talladas con gran precisión.

Contemplé aquellos objetos con deleite. Algunas de las puntas de flecha eran tan pequeñas que parecía imposible que nadie pudiera haberlas hecho cincelándolas toscamente, pero si se las veía a plena luz se podía ver cómo se habían separado las delicadas esquirlas de piedra. Lo que era aún más increíble era que todas esas puntas de flecha, por pequeñas que fueran, tenían un borde minuciosamente dentado para hacerlas penetrantes y afiladas. Mientras examinaba los objetos, me chocó de repente su color. En las pla-yas cercanas adonde estaban los pingüinos casi todas las piedras eran marrones o negras; para encontrarlas de colores atrayentes había que buscar mucho. Y sin embargo, cada punta de flecha, por pequeña que fuera, cada punta de lanza, cada piedra en realidad, que se había usado, había sido claramente escogida por su belleza. Colóqué todas las puntas de flecha y lanza en hileras sobre el mantel y allí brillaron como las delicadas hojas de un árbol fabuloso. Las había rojas con una veta de un rojo más oscuro, como sangre seca; las había verdes, cubiertas con una fina tracería de blanco; las había de color blanco azulado, como nácar, y amarillas y blancas, cubiertas con manchitas de dibujos semiborrados, azules o negros, allá donde los jugos de la tierra habían manchado la piedra. Cada pieza era una obra de arte, de bella forma, tallada, afilada y pulida cuidada y minuciosamente, hecha con los guijarros más bellos que el artesano había en-contrado. Se veía que estaban hechas con cariño. Y todo aquello, me recordé a mí mismo, lo habían hecho aquellos indios bárbaros,
toscos, salvajes y totalmente incivilizados cuya extinción no parecía provocar el mínimo remordimiento en
nadie.

servido por politica-y-opinion 3 comentarios compártelo

3 comentarios · Escribe aquí tu comentario

domovilu

domovilu dijo

Hi!
Tardé en llegar, sorry. Pero aquí estoy.

Hay que recordar algo que pocos saben, también: que los mapuches eran grandes maestros en el trabajo de la plata (tu autor, igual, habla de los tehuelches, según parece). Alguén día tengo que citar un interesante fragmento al respecto.

Mientras tanto, y si se me perdona la osadía, permíteme recomendarte un libro que disfrutarás muchísimo: "Una excursión a los indios ranqueles", de Lucio V. Mansilla. Me propongo citar fragmentos de ese libro, en algún momento. Y hacer una reseña-presentación.

También debería empezar a citar a Erize, que quizás sea el mayor experto argentina en el tema. Veremos... Cuando me vuelvan las ganas.

:-)

11 Junio 2008 | 06:15 PM

migueltesorillo

migueltesorillo dijo

Si los indios pudiesen dejar testimonio escrito de su ideas, formas de pensar, de ser. Por lo menos ese rastro quedaría

3 Octubre 2008 | 01:15 AM

domovilu

domovilu dijo

Los mapuches chilenos son muy activos en ese sentido. Supongo que si pones "mapuches chile" en el Google Search, encontrarás cantidades de páginas Web administradas por ellos. No obstante, tengo que advertirte que muchos de ellos están manipulados por demagógicos agitadores izquierdosos. Lástima, porque en lugar de estimularlos a esforzarse y progresar, los sumergen en la autocompación desidiosa y el resentimiento destructivo.

6 Octubre 2008 | 06:54 PM

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